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el psicocirco de yo

por xaxa

Están aquí

entre nosotros

Él es un ser que vive bajo las moquetas. Nadie sabe exactamente de donde viene. Nadie sabe como se llama.
En un tiempo pasado fue un hombre.
Era un hombre diferente. Todo el mundo puede soñar algo, todo el mundo puede crear algo. El olvidó como hacerlo.
Durante mucho tiempo solo fue capaz de leer lo que los demás escribían. Solo era capaz de repetir lo que los demás decían.
Lo peor de todo fue cuando ya solo podía soñar lo que los demás soñaban.
Un día descubrió que sus sueños no eran sus sueños y sus palabras ya no eran sus palabras.
Lo escribió todo, reflexionó sobre todas las cosas, pero sus reflexiones ya no eran suyas.
Se asustó. Se había, lo habían, vaciado.

Estaba solo y descubrió que la luz le hacía daño, la vida le hacía daño. La congoja y la pena eran demasiado grandes.
Su cerebro era un enorme espacio vacío de retazos de otras vidas flotando en un cielo de tristeza.
Odió todo. Odió todo, hasta que odió la luz. Cerrar los ojos no era suficiente, ocultarse en un armario no era suficiente. Dentro, el tacto de la lana era algo horrible, pues se volvía consuelo y el consuelo era aún más doloroso.

Se sumergió debajo de la moqueta, notando solo el frío del suelo.
Aguardó y sufrió hasta que el aspero tacto de la parte inferior de la moqueta se convirtió en picazón.
Luego durmió, durmió hasta desaparecer.
Pero no soñó.

Nadie dice haber vuelto a ver jamás al hombre que se perdió debajo de la moqueta.
Pero hay voces y susurros que siempre han estado.
Susurros que viajan desde el futuro al pasado y que cada vez se escuchan con más fuerza.
No era el único. No estaba solo.
Eran muchos y le estaban esperando.
No tienen ojos. Están debajo de las moquetas. Detras de los cuadros. Tras los muebles.

A veces se hacen pasar por uno de nosotros.
Pasean entre nosotros imitando los movimientos que tantas veces hemos visto. Las palabras que tantas veces hemos oído.
Pero, para ello deben de haberse alimentado. Se alimentan de nosotros.
En su estado natural no es posible verlos, pero están en todos los intersticios oscuros.
Están en el silencio entre frases, esperando.
En el interim del tic tac del reloj. Se te echan encima cuando apagas la luz y entonces se te eriza el vello de la nuca.
Cuando todo el mundo se queda en silencio si escuchas con atención puedes oirlos confundiendose con el torrente de sangre que atraviesa tus timpanos.

Necesitan tu vida, roban retazos de ella, cada idea, cada pensamiento que son capaces de alcanzar. Se alimentan de la luz de cada uno de nosotros.
Se quedan con ellos y los usan como una máscara. Te van vaciando.
Luego, un día, descubres que tus palabras no son tus palabras y cuando te sientas a escribir ya no se te ocurre nada.
Entonces. Si te movieses deprisa podrías ver sus dedos deslizandose fuera de las fundas de la almohada.

Respiran lo ilógico y viajan en la nada. Por eso es inevitable que existan.



Nunca te quedes solo.

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